“De pícaros, truhanes y… actores” una obra de Tito Vasconcelos, dentro del XLIV FIC

El escenario no pudo ser mejor. La plaza del Templo de San Roque, del año 1726, se convirtió en un espacio para hablar de los políticos, del matrimonio, de la virginidad, de las putas. Para gritar a todo pulmón “puta vieja” hasta exorcizar ese término de agresión a la mujer, gritarlo hasta la carcajada.

 

Fotografías: Gerardo Castillo/ Isóptica

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Tito Vasconcelos, uno de los mayores representantes del género llamado cabaret político, llegó a Guanajuato preparado. Sabía que aterrizaba en el estado más católico del país, “aquí hay 3 por ciento más católicos que en el Vaticano”. Afiló la lengua y aquí la desenfundó. No hubo concesión alguna y los asistentes aceptaron el duelo. Finalmente, Vasconcelos habla su mismo lenguaje.

“¿Saben qué es un pícaro? Yo sé que ustedes tienen algo inteligente, su teléfono, googleenlo. ¿Saben lo que es un truhán? Un sinvergüenza que vive de engaños y trampas… Acá en México tenemos muchos. Como dice Dario Fo ‘el sentido del humor y la risa es a lo que más temen los tiranos y los políticos’”.

Con esa introducción, Tito Vasconcelos y Luis Esteban Galicia, personificando a Chanfalla y Chirinos, prepararon el escenario para presentar su versión actualizada, desnuda y politizada de la comedia Pedro de Urdemalas y el entremés El retablo de las maravillas, de Cervantes.

El espectáculo inició con un inventario de pícaros: el Lazarillo de Tormes, cuenta la historia de un hombre que está ante la justicia acusado del robo de un pan. En “un país donde roban las arcas y las tesis enteras y no pasa nada, donde se puede vivir con 12 pesos al día como dice Rosario Robles”, se le dio una oportunidad de defenderse a quien roba por hambre. Astuto, Lázaro relató que quería comerse una mosca que se posó sobre un pan en el momento justo que llegaron policías y granaderos a detenerlo por el hurto y él del susto lo devoró. Pensó, dijo para cerrar su inverosímil historia, que era un gran operativo para detener a un gran narco. La justicia habló al tribunal del pueblo: “Si ustedes le dan like, lo dejamos libre”. Y con los pulgares en alto el pueblo habló. “Está bien, te perdonamos, el pueblo inculto ha hablado, es el problema de la democracia”.

Luego llegó el turno de La Celestina. Chanfalla, una mujer preocupada por el público, explicó que ella era una especie del tinder y grindr moderno, que se dedicaba a enlazar personas con ganas de amor y compenetración. Además de su oficio principal, ella era costurera, “remendaba virgos”. Con hilos de seda y agujas de plata salvaba la virginidad de las doncellas, ese pellejo sobrevaluado donde se ha depositado la honra de las mujeres. “Qué incómodo ha de ser traer el honor de la familia entre las piernas”, dijo Chirinos. “La Celestina les remendaba para que las pudieran vender, porque las mujeres siempre hemos sido vistas como mercancía”, replicó Chanfalla. Y luego de leer un verso de la obra: Labradores en las huertas, en las aradas, en las viñas, en las segadas, con ella pasan el afán cotidiano…¿qué quieres más, si una piedra al golpear con otra luego suena: ¡puta vieja! convocó al público a gritar con ellos “¡puta vieja! puta vieja! ¡puta vieja!” Y los gritos resonaron en las paredes y ventanas de las casas de esta urbe, en la fachada del templo de San Roque, en las buenas conciencias. ¡Puta vieja! ¡Puta vieja!. “Mujeres, dejen de acusar a otras mujeres, la violaron por puta. Iba vestida como puta. Puta no es un insulto, es un oficio que debe legalizarse”, lanzó provocadora Chanfalla.

El retablo de las maravillas también fue un pretexto para hablar del México actual. El retablo, ese pequeño teatro cuya historia solo puede ser vista por “quienes provienen de familias normales (papá, mamá, hijo e hija)”, terminó siendo un lugar en el que se podía ver un país sin casas blancas, con prensa objetiva, un país donde encontraban a los 43, y a los 26 mil desaparecidos.

Vasconcelos ha descrito al cabaret político como un trapecio sin red. Horas antes de la función nocturna, presentaron la misma obra a otro público. La respuesta fue distinta, contó Luis Esteban Galicia, cuando las luces del escenario se apagaron. En lugar de carcajadas y aplausos, hubo desconcierto, quizá algo de rechazo. “El público de esta función sabía a lo que venía y venía preparado, el otro no y lo tomó por sorpresa”.

Vasconcelos ha apostado por “tirar la cuarta pared” y relacionarse con el público, con la realidad política -y por ende, personal- del auditorio. Él lanzó su apuesta, propuso una manera de pensar, una perspectiva distinta de la vida al estado más conservador del país, como lo había hecho años antes en la Ciudad de México al abrir el Cabare-Tito y ofrecer un espacio seguro -a salvo de agresiones, rechazo- de convivencia a la comunidad LGBT.

La noche del 13 de octubre, frente a la fachada del Templo de San Roque, la apuesta quedó en el aire.

 

Con información de FIC

Por Daniela Rea

PLAZA SAN ROQUE

GUANAJUATO, GTO. MÉXICO

 

 

 

gerardo castillo

gerardo castillo

Estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas la carrera de Diseño y comunicación visual con especialización en Fotografía. Fue seleccionado en el Seminario de Fotografía Contemporánea 2011-2012 que imparte el Centro de la Imagen y acreedor a la beca Jóvenes creadores del FONCA en el 2006-2007.
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